La importancia de empezar a andar

Meses sin escribir, lo sé. Puedo citar algunos motivos: falta de tiempo, de ganas, de ilusiones perdidas o simplemente de no poder tocar el ordenador porque toca ordenar el desorden de juguetes que Lucarius va dejando a su paso.

Sin embargo, soy como uno de esos cazadores de Bloodborne o uno de esos intrépidos caballeros del Dark Souls. Cuando muero, dejo mis cenizas o mi cuerpo en un punto del mapa, y tarde o temprano voy raudo a recuperarlo para ver cómo todas mis stats vuelven de nuevo a mi avatar y mis ganas e ilusiones vuelven a florecer.

Tengo claro que ponerme a escribir en el blog es como uno de esos malos imposibles a los que tienes que enfrentarte en tu videojuego favorito. Vas avanzando por verdes praderas, disfrutando de cada momento y segundo que pasa ante tus ojos cuando de repente aparece ante tus ojos el atormentado Mártir Logarius o el durísimo Rey de la Tormenta. Mis dedos se deslizan sobre el ordenador rápidamente, tecla a tecla hasta que aparece mi némesis: la falta de ide… ¿Para qué mentir? La pereza encarnada en el complicadísimo jefe de Bloodborne o la falta de ganas disfrazada como el boss de Dark Souls III.

Volver siempre había estado en mi cabeza. Realmente es el proyecto de mi vida. Al que más ganas le he dedicado en mucho tiempo, pero la necesidad imperiosa de retornar con “El mejor post de la historia” o “Un post para dominarlos a todos” hacía que nunca me sentase delante del ordenador para darle forma ya que, sinceramente, nunca voy – ni vamos – a conseguir algo así.

Esto me lo ha enseñado una de las personas de las que todavía no esperaba ninguna lección de vida. Sí, es justo lo que estáis pensando: Piedra Pómez. La verdad es que ya no tiene ningún sentido llamarle así porque de roca tiene ya muy poco. Mientras le doy una vuelta a su nuevo nombre, tan solo tenéis que saber que ha evolucionado. Ha pasado de ser un Metapod que tan solo sabía usar Fortaleza a un poderoso Alakazam que con sus poderes psíquicos ha hecho que me pregunte: ¿Por qué soy tan tonto? Y lo ha hecho de la manera más simple: empezando a andar.

  1. Tutorial moderno: “Pulsa ESPACIO para salvar EEUU de la destrucción interplanetaria”: Primeros pasos. Me levanto, doy un paso, me caigo. Me levanto, doy un paso, me caigo. Me levanto, doy un paso, me caigo. Podría hacer del párrafo algo infinito como el descubrimiento de planetas en No Man’s Sky, pero no quiero que se convierta en algo tan mal ejecutado como el título de investigación espacial. Lo importante de esas líneas es la repetición. Sí. La repetición sin desesperación hasta conseguir el éxito: dar dos pasos seguidos antes de repetir el proceso. ¿Se acaba aquí? No. Continúa hasta que consigue que sea algo tan sencillo como pulsar ESPACIO en nuestro ordenador. Constancia como modelo de vida. Llama la atención como algo que hacemos ahora de manera automática, como es andar, es algo tan complicado cuando no te has puesto con ello. Pues lo mismo debemos aplicar a todas las cosas que nos cuestan esfuerzo y tiempo, hasta convertirlas simplemente en un salto de párrafo en nuestras vidas.
  2. Andar Lemming: Una vez establecidos los primeros pasos toca el aprendizaje. No puedo evitar pensar en el simpático juego de los Lemmings. La verdad es que me viene como Anillo Único al dedo, aunque en este caso no para volverme invisible o conquistar la Tierra Media, sino para generar otra curiosa metáfora. A los simpáticos protagonistas les tocaba construir puentes, cavar en la roca, poner bombas y repetir el prueba error hasta la saciedad para llegar hasta la ansiada puerta que marcaba el final del nivel. Lucarius no tiene tanto inventario, pero le toca hacer frente a muros, puertas cerradas o insalvables precipicios disfrazados de acera para seguir avanzando. Obstáculos que, con el paso del tiempo, aprenderá a esquivar o tratar como mejor sabe: poniéndole empeño y dedicación. Lo mismo pasa con nosotros. Ante mí, una hoja en blanco, una idea que no llega, una frase que se descompone. Lo que no debe pasar nunca, jamás, es dejar de intentarlo.
  3. Paseo sandbox: Ya tiene todos los instrumentos para darse el mejor paseo de la historia por Hyrule, pero al igual que Link en Breath of the Wild, tiene ante sus ojos el mundo para poner a prueba todos sus nuevos skills. Hay un peligro: las misiones secundarias. Al igual que el protagonista de Zelda tiene ante sí un universo cargado de posibilidades en donde lo que más tienta es perderse por sus tierras, pero no debe olvidar cuál es la misión principal: salvar el reino de las garras de Ganon. Lucarius tiene ante sí esas side quest en forma de Pocoyo, la silla, un petit-suisse más sabroso que la leche de Lon Lon Ranch. Sin embargo, cuando se le frena y se le calma para que se dedique a otros menesteres, él se revuelve en la silla con ganas de bajarse de ella y así continuar su periplo. Rebelarse contra lo establecido, seguir el camino a pesar de las distracciones. Ante mí también se abren todas esas misiones secundarias cada una más emocionante que la anterior: mi nueva adquisición para PS4, Horizon Zero Dawn, la serie de Spartacus (espectacular por cierto) o la comodidad del sofá. Son side quest realmente fascinantes, pero debería rebelarme, me convendría seguir mi camino. Tendría que acabar con Ganon, mi Ganon particular. Coger mi Espada Maestra y darle forma a este ilusionante proyecto de una vez por todas: Dad Vader.

Gracias… Lucas.

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